jueves, 18 de junio de 2015

CUENTOS



CUENTO DE PLANETAS

Maika era una ovejita que vivía en un planeta de tamaño mediano, Ruth. La órbita de Ruth tenía un ciclo corto, y la estrella alrededor de la cual orbitaba se llamaba Rex. Las compañeras de Maika, de todos los tamaños, la mayoría blancas pero alguna también negra, pastureaban con ella por los prados y valles, que de tanto pisarlos les parecían ya menos verdes. A menudo otros paisajes más lejanos se les antojaban más apetecibles al verse de un verde más intenso, pero a medida que se habían acercado a esas lejanas praderas el verde se tornaba amarillento, como un eterno espejismo.
Un día, la órbita de Ruth y la órbita del planeta Lak se cruzaron. El planeta Lak estaba habitado por caballos salvajes de todos los colores. Galopaban por las montañas, se bañaban en los ríos y lagos y a veces se sentían abatidos de tanto galopar sin rumbo fijo. Cuando divisaron el planeta Ruth con sus prados cuidados y sus bonitas casas de techos rojos, todos los caballos de la montaña se quedaron mirándolo como algo bonito pero lejano a ellos, y prosiguieron sus andaduras. Todos menos uno, Kral, que vio a Maika mirándolo con sus ojos de ovejita asustada muy abiertos.
Durante los cinco días en los que Ruth y Lak estuvieron lo suficientemente cerca como para que sus respectivos habitantes pudieran divisarse mutuamente, Kral y Maika no dejaron de observarse con fascinación, y ambos se preguntaron sin cesar si serían capaces de dar un salto tan alto como para cruzar el vacío que separaba sus planetas. Ninguno de los dos sabía si serían capaces de vivir en unas condiciones tan distintas a las suyas, si esa fascinación no acabaría convirtiéndose en desengaño. También eran conscientes de que una oveja no sería bien vista por los habitantes de Lak, y de que un caballo sería visto como algo extraño por las ovejas de Ruth.
Al término de los cinco días, Kral y Maika sabían que sus órbitas ya no volverían a cruzarse, y que si decidían tomar una decisión, tenían que tomarla ya. Mirándose fijamente a los ojos para darse ánimos mutuamente, cogieron carrerilla a la vez y dieron un gran salto… Que no fue suficiente para alcanzar el otro planeta. Maika y Kral sintieron como iban cayendo en el vacío, acercándose peligrosamente a un enorme agujero negro. Cuando ya habían perdido toda esperanza, y casi se arrepentían de haberse arriesgado de esa forma, de repente aterrizaron en un pequeño planeta de color lila, tan pequeño que no tenía nombre.
Kral y Maika lo bautizaron con el nombre de Buk, y lo hicieron habitable, a su medida. Les costó un tiempo acostumbrarse uno al otro y a aceptar sus costumbres y hábitos respectivos, adquiridos a lo largo de los años. Pero nunca se arrepientieron de haber dado aquel gran salto, el salto al vacío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario